Poco puede estimarse sobre el albedrío de las masas: viralidad, excesos, depravación, perversión, distorsión. La realidad factual no corre pareja a la ficcionalidad, incluso monetaria. Pero en lo desesperanzador de la multificcionalidad de las cosmovisones postmodernas, en la burstalidad, también ficticia, no hay espacio para la empatía. Una desobjetivación ficcionalizante, que nos da la apariencia de estar cuando en realidad nos desubjetivamos, nos distanciamos.
No estar, pero ser, telecracia, funcionalísima. Al final, el albedrío de las masas, siempre equivocado, no distingue lo asertivo de lo correcto ni lo malo de lo peor. Por eso la máxima nietzchiana se hace presente, no hay bien, no hay mal, hay algo más allá. ¿Qué es? Una retórica que se aprovecha de la vivencialidad, que ficcionaliza sin remedio los nombres de las ausencias. Un abuso de la memoria, un aferrarse a no dejar morir nada, salvo lo inmerecedor de recuerdo. No interesa el nivel de estudios, interesa la suma en la billetera digital. No importan los padecimientos, importa liquidar las deudas. No importan las necesidades, importa la reificación, la enajenación, el consumo.

El albedrío de las masas no puede corregirse, ni puede remendarse ni enderezarse. Todo se torna entonces también inventio ex nihilo con la inteligencia artificial, porque no interesa que la humanidad sea sensible, inteligente o eficaz, importa que produzca. Por eso se vende todo: el cuerpo, la imagen, el alma, las experiencias, los estilos, las marcas, los iconos, todo. No hay ya algo sagrado, todo es dinero, todo es mercancía, todo, incluso el aliento, incluso los sentidos, incluso los recuerdos. Nada queda a salvo, si no tienes algo para vender, hazte a un lado, no sirves, no vales, no cuentas, eres un cero después del punto decimal, solo haces decrecer el valor.
Así, el albedrío de las masas es fulminante, abrasivo, corrosivo, absoluto y potente. No hay espacio para el error, a menos que sea un furcio y generé visitas, dinero, burla, sátira, ironía, del sufrimiento ajeno. No hay sitio para equivocarse, ni para confiar, no hay espacio ni tiempo, es una distemporaneidad donde lo más remoto e impensado es remozado, sazonado y vuelto a servir. La grandeza se mide en billones de dineros y no de estrellas. Los abrazos ya no valen entre nosotros, solo el billete, el capital, qué tienes en ti, cuanto vale tu atuendo, cuanto cuesta tu teléfono, cuál es el precio de tus actos, de tu vida, de tu existencia, miserable escoria subhumana improductiva.
Por eso, al final, tener esperanza es algo que desfigura el rostro del consuno. Por eso, equivocarse y pedir disculpas no sirve. Por eso no hay espacio porque no existe la intimidad ni la confidencialidad, pero tampoco la publicidad ni el bien común. Es un rompecabezas extraño, saturado, saturante, de desfiguración. Por eso, el albedrío de las masas no se equivoca, ¡vamos a producir más!





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