Los perritos en mi vida ha sido siempre muy valiosos e importantes. Compañeritos fieles, amorosos, juguetones, bonitos y agradables. No ha sido fácil darles la poca o mucha educación que les he dado, pero eso sí, siempre han sabido comportarse aunque no tengan en sí un entrenamiento profundo y meticuloso.




Las primeras doncellas de la casa
De 2005 a 2019 tuve dos perritas muy lindas, bonitas y compañeras enormes: Rita, primero, que me la regaló mi gran amiga Claudia, y Lucha, una perrita que entró por la rendija debajo de la puerta de la calle y llegó para quedarse. Ambas murieron en 2019, año cuando ya estaba cercana la pandemia de COVID-19, pero que al final pudieron tener una bonita vida, ser cuidadas, atendidas y felices. Rita llegó un día que era de noche, cuando la recogí en un fandango o tipo de fiesta donde Claudia me la obsequió. Creo que llevé una caja para traerla, estaba chiquita, tenía unos meses, me enamoré de ella y fue fantástico. La historia fue que cuando estuvo un poco más grande se cayó de un piso a desnivel de mi casa y se fracturó una piernita. La operamos, pero a raíz de eso comenzó a tener una sarna demodécica que requirió atención. Visitamos muchos veterinarios y no había forma de la que se le quitara. Pero con el tiempo, atenciones y cuidados, llegó un momento en que ya no la padeció.




Lucha en cambio fue una invasora adoptada, pero la historia es distinta. Días antes de que llegará Lucha había entrado a mi casa otra cachorra a la cual había tratado de cuidar y atender, pero se volvió a ir. De pronto, Ely, quien me ayudaba con el aseo de la casa, me dijo —Rómulo, hay una perrita en el jardín— y yo pensé que era la que había entrado antes, pero no, era Lucha. De ahí su nombre, de luchar por vivir. En aquellos días merodeaba por el vecindario una perra adulta que acaba de tener crías y al parecer Lucha pudo haber sido su cría. Y eso no fue todo. En la parte trasera de mi jardín había un orificio en la malla ciclón y un día llegué a casa y Lucha no estaba, me pregunté qué había pasado. Salí a la calle y la encontré ahí, jugando con otros perros. Entonces me aboqué a ver cómo fue que se había salido y encontré el agujero en la malla, que tuve que reparar para que ya no hubiera fugas. Lucha fue muy linda perra, era muy nerviosa y aprensiva, muy delicada y juguetona a la vez.

Rita murió en el día del cumpleaños 66 de mi padre, un 23 de octubre de 2019. Yo había vuelto a vivir a Xalapa después del periodo escolarizado de la maestría en el posgrado de El Colegio de Michoacán y estaba haciendo investigación documental en la Ciudad de México y en repositorios internacionales en línea. Después poco tiempo ha sobrevino y eclosionó la pandemia por SARS-CoV 2 y se generó toda la tragedia demográfica y la telecracia aún vigente de muchas formas. Fue entonces cuando en marzo de 2020 llegó a la casa el rey: Pigmeo wachapiye.
El pequeño guerrero y la perrita sicaria
Pigmeo fue dado en adopción por una veterinaria a quien le pregunté inicialmente por una perrita. Pero a ella se la llevaron y en cambio me mandarón foto de este arrojado, temerario e inalcanzable perrito. Un perro adulto de al rededor de 6 a 8 años de edad, que en las primeras oportunidades que tuvo se subía la mesa a comerse lo que pudiera, trepataba por las sillas y órale. Pero con el tiempo otras situaciones aparecieron. Pigmeo me acompañó en mi examen a distancia para obtener el grado de maestro junto a mi padre, ese momento especial donde hice gala de mis habilidades intelectuales. Pero fue un buen compañero, hasta que mi situación de vida me impidió ser totalmente responsable de él. En cambio, Héctor, un querido amigo que era mi roomie en ese momento se hizo cargo de pasearlo tarde tras tarde, día tras día. Había, o hay, aquí entre mis vecinos una temible pitbull llamada Muñeca que era su enemiga, al grado un día de querer atacarlo y yo meter mi pierna en medio para recibir la mordida que era para este pequeño que le ladraba a esa perra asesina, le echaba bronca y no se arredraba. En el 2024 mi chiquito guerrero y temario se cayo igual que Rita, del mismo piso a desnivel, y tuvo una complicada fractura. Ningún médico veterinario lo quería atender, pero conseguí el contacto de la clínica veterinaria San Francisco de Asis y ahí me explicaron que podían operarlo, pero que podría haber riesgos. Firmé la responsiva y lo intervinieron, hoy está poquito rengo, pero en realidad quedó bastante bien, trepa sillones, baja solito, aunque ahora se la piensa dos veces antes de aventarse, aunque lo sigue haciendo.
Blucita
En 2024, me comprometí a tener a otra fierecilla, una tal Blue, cachora de 1 año, que necesitaba casa. Fue algo también inusual. Estaba yo trabajando en Malinalco editando un libro para un reconocido investigador cuando salió la convocatoria de adopción de Blue. Yo me apunté, pero estaba lejos. No pensé que iba a tardar tantos días por aquellas tierras de Malinalxochitl, pero así fue. Me encargué de enviar a la cuidadora dinero para comida y tratamiento antipulgas, los días pasaban y yo no regresaba a Xalapa. Al final, después de haber encontrado también el más bonito y sincero amor que haya tenido en la vida durante ese viaje, regresé a Xalapa, aquel diciembre poco después de mi cumpleaños y finalmente Blue llegó a la casa.
Fin de partida



Blue, la perra sicaria o mata pollos, fue quien una noche de febrero de 2025 exterminó a mis pobres gallinas, pero sobre todo al gallo Joaquín. Destruyó el cerco del corral, termino exterminando a las gallinitas ponedoras y al pobre Joaquín, pero a su sustituto también, otro gallito. Perdí entre Pigmeo y Blue a 4 gallinas ponedoras y a dos gallitos, el mejor y más bonito, Joaquín. Al final, ha sido necesario mostrarle a Blue algunos límites, seguir fortaleciendo al gallinero para futuras compras y eso sí, darle amor y educación. Es una grandiosa perra, tiene un instinto muy afilado, de su genética husky, pero también de su mezcla racial que la hace bastante inquieta, junto a su juventud. Un regalo de la vida que me da día a día cuando Pigmeo y Blue aparecen en mi horizonte, aunque eso sí, duermen afuera. Blue fue conmigo y con mi papá a la sierra Mixteca al ranchito de mi hermana y ahí supo lo que es la manada. Dormía también afuera con los perros de mi carnalita que en la noche, en medio de la oscuridad, se lanzaban a correr y merodear por todo el rancho. Fue también cuando la pequeña convivió con otros perros y supo lo que es el monte, debió aprender a tener cuidado de las cascabeles, coyotes y algunos otros bichos de la Mixteca. Fue feliz y volvió a casa en aquel enero de 2025, primera vez que mi ex pareja vino a verme a Xalapa, una hermosísima mujer, que también compartía conmigo el gusto y cuidado por los perritos. Este es el relato de mis compañeros, de mis bestias, a quienes debo cuidados, atenciones y alegrías, junto al sicariato de Blue y el exterminio de gallitos y gallinas, particularmente de Joaquín. Pero al final, el saldo es de amor, de gratitud, de aprendizajes y experiencias, como todo en la vida. Gracias a mis perritos he aprendido a tener cuidado y dar a alguien más que no sea yo mismo, he aprendido a saber lo que significa ir al médico en condiciones críticas, he tenido la capacidad de hacerme cargo en la medida de mis posibilidades y he sobre todo aprendido a dar amor u recibirlo incondicionalmente. Gracias a mis bestias hermosas, Rita. Lucha, Pigmeo y Blue.






No responses yet